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Resumen

02/10/2004

La pregunta

g_joteiza_retrato.jpgJuantxo Egaña. "Retrato de Oteiza", 2000.

La pregunta que se hace el crítico de arte Álvaro de los Ángeles, ¿de qué viven los artistas?, también puede enunciarse en los siguientes términos: en realidad, ¿de qué viven los hombres? Los hombres, los seres humanos, viven, como todos sabemos, como pueden y les dejan; es decir, con muchas dificultades. Los hombres viven de la guerra y de la estafa, de la mentira y del crimen; pero también del amor y de la solidaridad, del esfuerzo y del trabajo bien hecho. En el equilibrio de una balanza que nadie ha elegido puede observarse la respuesta a las incógnitas de la existencia; es ahí donde figuran escritas. El único problema es que la respuesta aparece en un lenguaje que aún desconocemos.

¿De qué viven los artistas? Es de suponer, digo yo, que de su propio trabajo. Los que también vivimos de nuestro trabajo nos preguntamos, a veces, por qué habría que ayudar, económicamente o con becas, con catálogos institucionales o bolsas de viaje, a unos señores que han elegido, como todos, una determinada forma de vida. Mis producciones artísticas aguardan en un lugar recóndito esperando una llamada que no llega, pero eso no me preocupa. Mi vida, por cierto, es también poética –no industrial, como alguna de las actividades, supuestamente culturales, que claman pidiendo ayuda-, y no por ello voy solicitando complementos económicos a mi actividad creativa. Yo me creo a mí mismo (me gusta pensar en esta idea); soy mi propia obra de arte. Además, nunca he disfrutado de un mecenas; no me interesa. Algunos artistas, verdaderamente grandes, tampoco estuvieron demasiado ocupados con estas cuestiones. Un verdadero artista se corta una oreja, se hace traficante de armas en África, o se suicida en las aguas del Sena. Aun así, también es justo reconocer que Van Ruijven era un maldito idiota y, a pesar de ello, Vermeer forma parte del grupo de los elegidos.

En la postal electrónica que me remite Cayetano Lupeña puede leerse la palabra artística de Jorge Oteiza:

"El arte no transforma nada, no cambia el mundo, no cambia la realidad. Lo que verdaderamente transforma el artista, mientras evoluciona, transforma y completa sus lenguajes, es a sí mismo. Y es este hombre transformado por el arte el que puede, desde la vida, transformar la realidad. El artista fabrica su lenguaje individualmente pero con un destino social."

Si, como apuntaba Oteiza, el proceso del arte puede ser el propio proceso de la persona en su transformación pendiente, estamos ante una actividad que quiere ser personal e intransferible, creadora y productora de hombres; basta con que uno mismo disfrute de su propia obra. Ya llegará el momento (si es que llega) de compartir o refutar los resultados obtenidos; los mecenas, mientras tanto, pueden seguir esperando. En el fondo, no son necesarios para alcanzar el viejo imperativo pindárico: "llega a ser lo que eres". O esa máxima olvidada en el cajón de los objetos inservibles: "pleno de méritos, pero es poéticamente como habita el hombre esta tierra".

Como Hölderlin, espantados por la locura, dormimos aún en el cajón de los hombres olvidados. Ésta es, en realidad, la respuesta que esperaba la pregunta. No de otra cosa nos estaba hablando Oteiza.
02/10/2004 09:38 #. Hay 6 comentarios.

09/10/2004

El milagro

20060307154501-elmilagro.jpg

Gerhard Richter, Tow Candles.

Imaginemos, como proponía Wittgenstein en su famosa Conferencia de Ética, que por un momento somos testigos, incluso protagonistas, de un acontecimiento de tal naturaleza que nunca hemos contemplado nada parecido. Ante nosotros, por ejemplo, o dentro de nosotros mismos, se está produciendo un milagro. Todo el mundo sabe, más o menos, qué significa "un milagro". Una cabeza de león crece en el lugar donde antes había permanecido nuestra cabeza o una tercera mano surge de pronto del centro del pecho. Wittgenstein sugiere que, en este caso, lo más aconsejable sería buscar un médico e investigar científicamente el caso; incluso, si no fuera porque esto conllevaría sufrimiento, sería muy conveniente practicar una vivisección. La cuestión es que, con la llegada de la ciencia al lugar de los hechos, la situación cambia radicalmente. El modo de ver las cosas propio de la ciencia no es el de verlas como un milagro. Concluida la investigación los hechos se agruparían, junto con otros hechos similares, en el correspondiente sistema científico. Llegados a este punto, Wittgenstein pregunta: ¿dónde estaría entonces el milagro?

Esta interpretación (algo personal, lo reconozco) del contenido de la conferencia también sugiere la posibilidad del encantamiento; algo más adelante, Wittgenstein afirma: "voy a describir la experiencia de asombro ante la existencia del mundo diciendo: es la experiencia del ver el mundo como un milagro".

Ahora imaginemos que, ante nosotros, dentro de nosotros mismos, se desvela en toda su potencia simbólica una obra de arte nunca antes concebida. Sí, de acuerdo, ya sé que quizá sea imaginar demasiado, porque todos sabemos que el arte de nuestros días no se prodiga precisamente en concepciones milagrosas; no obstante, sigamos con el juego: imaginemos por un momento. Como espectadores de esa obra desconocida, como aficionados al arte, sabemos que no podemos decir demasiado acerca de ella. Estamos ante una actividad que se da a sí misma sus propias reglas en un juego infinito; unas reglas indemostrables e inútiles; una actividad que afirma de sí misma ser portadora de grandes significados, significados que, sin embargo, muy pocos entienden. A pesar de todo, no cabe ninguna duda: estamos ante un milagro. Alguien propone entonces acudir a la ciencia en busca de herramientas para intentar explicar lo inexplicable. El arte se transforma, con la llegada de la ciencia, en Historia del Arte, en objeto de laboratorio, o, lo que es más preocupante, en un apéndice insignificante de soportes tecnocientíficos. La obra permanece allí, no cabe duda, delante de nosotros, pero pasado un tiempo no tardamos en preguntarnos: ¿dónde quedó el milagro?

Es cierto que la ciencia, aunque pudiéramos pensar lo contrario, no es ajena a la experiencia estética. Paul Dirac afirma, por ejemplo, que fue su sentido de la belleza lo que le permitió descubrir la ecuación del electrón convencido de que, en sus ecuaciones, resulta más importante tener belleza que hacer que cuadren con el experimento. En En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas S. Khun reconocía que la importancia de las consideraciones estéticas, en el devenir de la ciencia, puede ser a veces decisiva. Y Steven Weinberg añade que no aceptaría ninguna teoría como teoría final a no ser que fuera bella. Al parecer, en la búsqueda de las partículas elementales, en la lucha por encontrar los fundamentos últimos de la materia, los criterios estéticos acaban ocupando el lugar destinado a la verificación; pero sigo pensando que la ciencia tiene como objetivo el valor de las respuestas y que recurre a soluciones metafóricas cuando se encuentra, insegura, ante callejones sin salida; es entonces cuando aparece la necesidad de flexibilizar el método científico y de entregarse a especulaciones más subjetivas. Lo propio de la ciencia, sin embargo, no es propiciar el milagro sino resolverlo, clasificarlo, superarlo, ponerlo al servicio del hombre despojado de misterio y más allá de la necesidad de la búsqueda de todo sentido; la locura de Hölderlin, por ejemplo, puede ser explicada poéticamente, pero la ciencia prefiere hacerlo desde su propio método cognitivo. Y está bien que así sea, porque gracias a ello la humanidad se ha beneficiado de los descubrimientos de Watt, Pasteur, Koch o Siemens. (Como escribe Peter Sloterdijk, "sus prestaciones tal vez puedan rechazarse hoscamente, pero esto sería un gesto de humor, no de justicia").

El científico Francis Crick, fallecido recientemente, dedicó los últimos días de su vida a demostrar la inexistencia del alma humana entendida como algo sobrenatural o mágico, localizando la conciencia y el alma de los humanos en un grupo determinado de neuronas del cerebro. Completamente convencido de que el comportamiento de nuestros cerebros puede ser íntegramente explicado por la interacción de las células cerebrales, sus avances en neurobiología convierten lo que antes denominábamos "estados de ánimo" en simples estados químicos regulables farmacéuticamente, que apuntan a demostrar que las funciones hasta ahora atribuidas al alma son en realidad operaciones del cerebro. Ya no podremos exclamar nunca más aquello tan socorrido de ¡me duele hasta el alma!, porque la ciencia tiende a extender su verdad científica sobre todos los entes entendidos como posibles objetos de estudio. En cambio, la función del arte (ahora más filosofía que nunca) se desarrolla en las arenas movedizas de todo aquello que pide sentido, en la inquietud inexpresable o inefable de aquello por lo que el hombre intenta dar sentido a su vida y ser feliz; cada milagro, entendido como concepción o alumbramiento, pertenece a nuestra incógnita más profunda y forma parte de nuestro habitual existir en el mundo. La frontera entre Arte y Técnica, o entre Arte y Ciencia puede estar derrumbándose, pero no está de más recordar nuestras necesidades y el papel que desarrolla cada actividad en la aventura humana. El ordenador puede ser una prótesis de nuestro cerebro, pero será el uso que de él hagan los hombres, los artistas del futuro, lo que dará significado a su presencia. La ciencia, por sí sola, seguirá avanzando apoyándose en su discurso dominante, pero necesitará de la ayuda de un ciego para encontrar sentido a su camino; en el fondo, aun en el caso de que llegue a explicarlo casi todo, quedaría en pie aquello que de verdad importa al hombre:

Sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas fuesen contestadas, los problemas de nuestra vida ni siquiera habrían sido rozados. Por supuesto que ya no queda pregunta alguna; y esa es precisamente la respuesta.

09/10/2004 00:32 #. Hay 3 comentarios.

16/10/2004

La pesadilla

P9L.jpgEscher, Cóncavo y Convexo.

En aquella ocasión, a pesar de la ceguera, el tacto me pareció tan importante como la vista, más importante si cabe que la vista, aunque la vista ocupaba tantos extremos de la pantalla, tantos nodos y redes, que acabé por admitir que nada sería posible sin su ayuda. Cuando por fin conecté con el universo (es decir, con la Biblioteca), observé con perplejidad que nada había cambiado sustancialmente; algunas diferencias llamativas convivían con los viejos prejuicios, pero, en general, todo seguía como antes. Las galerías, que desde el principio de la historia habían explicado el universo por su carácter indefinido, y tal vez infinito, habían perdido sus viejos pozos de ventilación cercados por barandas, su primitiva forma hexagonal, en favor de una estructura mucho más aleatoria y menos precisa, indudablemente más plástica. La distribución de las galerías, comprobé, continuaba invariable, pero ahora los anaqueles permanecían ocultos unos detrás de otros, comunicados, bifurcados y superpuestos, o se enlazaban en juegos fronterizos como escalas de colores. Las superficies, a diferencia de otros tiempos lejanos, ya no prometían el infinito: lo confirmaban a cada paso; y aquella vieja luz procedente de frutas esféricas (conocidas en la antigüedad como "lámparas") había sido sustituida por una alfombra de iconos infantiles y una oscuridad de hielo blanco. Por lo demás, confirmé, ninguno de los elementos del universo había cambiado demasiado.

En este universo transformado (apunté con curiosidad tras tomar un atajo) encontrar el catálogo de catálogos parecía más bien una utopía obstinada; si uno moría en el intento (cosa más que probable), no era arrojado al vacío por alguna de las terrazas hexagonales del pasado, sino que volvía sencillamente al mismo vacío de su propio misterio. Al poco de conectar, por ejemplo, venciendo mis temores, acerté a preguntar a uno de los habitantes del universo, un hombrecillo escondido en un gabinete minúsculo, tras un espejo velado, y recibí la contestación que, en el fondo, había estado deseando: la Biblioteca (el universo) existía ab aeterno, es decir, estaba allí desde siempre, y allí seguiría siempre, independientemente de la forma que adoptara; por ello, en su devenir constante, las aventuras y los hechos se sucedían en el tiempo. A pesar de los suicidios y de las enfermedades pulmonares (que habían reducido de manera considerable la proporción espacio/hombre) aún se podía disfrutar de lectores y bibliotecarios. Incluso se recordaba con asombro la historia de aquel jefe de hexágono que, tras encontrar un libro tan confuso como los otros, dedujo que la Biblioteca era total, y que en ella se encontraban todas las posibles combinaciones de símbolos ortográficos y de todo aquello que era posible expresar.

Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

La nueva forma del universo (es decir, de la Biblioteca), que ahora se extendía ante mi ojos, había suscitado las mismas reacciones que en tiempos pasados. Al principio, abarcar todos los libros había producido una extravagante sensación de felicidad: los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto; pero no tardaron en aparecer peregrinos que inundaron los espacios de maldiciones alarmistas y oráculos sospechosos. La búsqueda de las Vindicaciones (libros de apología y de profecía) era una constante entre filósofos extraños y poetas amargados, y la comprobación final de todas sus predicciones, asombrosamente inofensivas, no sirvió jamás para despejar el encanto de una duda. Como en otros tiempos ya lejanos, a la desaforada esperanza le sucedió, como cabía esperar, una depresión excesiva. Al igual que Leticia Alvarez de Toledo, algunos intelectuales llegaron a afirmar que la vasta Biblioteca era inútil, y que, en rigor, bastaba con un sólo volumen; eso sí: de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. ¡6.000 millones de personas con 6.000 millones de enciclopedias distintas constituían un claro peligro! ¿Dónde quedaba -pensaban estos vendedores ambulantes- el filtro desarrollado con anterioridad por la cultura?

Cuando por fin conecté con el universo pude comprobar que muchos de los amigos no habían desaparecido. El viejo constructor de sueños seguía proyectando alternativas como obras de arte incombustibles, y la agricultora del futuro administraba con eficacia los mimbres electrónicos y las raíces del cariño. Un hombre, moreno y elegante, impartía cátedras de risa entre bárbaros y nieve; otro hombre, más al sur, deambulaba perdido. Los libros, además, seguían donde siempre. Al llegar al final de la Biblioteca (algo que, más tarde, se demostró imposible), comprendí que todo aquello no era más que una simple pesadilla. Como en la vida, uno sufre o comete errores involuntarios y, más tarde, se despierta asombrado. La pesadilla me había llevado mucho más tiempo del aconsejado y ahora debía despejar mi cabeza. En las pesadillas, además, en todas las pesadillas, uno cree caer de una altura indeterminada en una caída eterna; el susto es de muerte. En mi pesadilla, afortunadamente, nada caía del cielo. Mi pesadilla tenía el color de los atardeceres rojos; los cables se cruzaban y cruzaban formando arco iris enigmáticos. Mi pesadilla no era más que el final de todas las pesadillas. Hacía tiempo que no me divertía tanto.

(El lector bien informado habrá adivinado que la mayoría de las líneas de este texto pertenecen a La Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges (el vidente ciego, como lo llama Antonio Tabucchi). La pesadilla pertenece a la categoría de los sueños agradables. El enigma, o lo que queda del enigma, dispone de tantas interpretaciones como anaqueles guarda la Biblioteca.)
16/10/2004 17:18 #. Hay 1 comentario.

23/10/2004

Nocturno de otoño

GR38-lrg.jpgGerhard Richter, 66 Drawing (signed).

Opinan los teóricos del ciber, del entorno telemático, que la regla de oro del telepolita racional para las próximas décadas del siglo XXI, la actitud más equilibrada, se puede resumir en una perfecta distribución de las horas, minutos y segundos, que asigne a cada uno de los entornos (naturaleza, ciudad, y telépolis) un tercio aproximado de nuestro tiempo. De esta manera, podremos disfrutar de las ventajas propias de todo cambio que se precie, de toda movilidad permanente, y aprenderemos sin duda de los matices diversos y de los gestos cotidianos de las cosas, de los espacios luminosos y los espacios oscuros, de ese ir y venir casi olvidado donde se acaban mezclando la altura inalcanzable de los edificios, el sabor de la tierra y el infinito de las pantallas. En mi caso, sin embargo, en este mapa urbano de materia transformada, en este páramo, dado que los entornos naturales brillan por su ausencia, todo se reduce a dividir entre dos la esencia misma de la vida; si bien el entorno telemático tiene sus riesgos (nadie lo duda), no son para nada comparables a los que se viven, a diario y en directo, en el entorno urbano. La ciudad, con la llegada del otoño, ha perdido ya su temple de espejismo sagrado, su rostro veraniego de carne transpirada; y una masa humana de corredores de fondo (la bestia) gira alrededor del tesoro escondido: los santos inocentes, obreros especializados, perforan a conciencia las entrañas. Las entrañas de la propia ciudad, se entiende; porque las entrañas de la masa humana se perforan minuciosamente (hoy por ti, mañana por mí, y hasta que la muerte nos separe) en un trabajo colectivo de supervivencia.

¿Hacemos bien, visto lo visto, en abandonar el calor virtual del ciberespacio? En El cuento de la noche 672, Hoffmansthal cuenta la historia de un Príncipe que, un día, decide abandonar el cómodo ambiente esteticista en el que vive, con el fin de ver el mundo real, el exterior, y una vez allí muere de una coz asesina que le propina una bestia. El mundo de verdad es una realidad extraña que acaba con su mundo preciosista. ¿No nos ocurrirá a nosotros lo mismo?

Al final de la jornada, de esta misma jornada, a uno le queda al menos el consuelo de encontrarse con los objetos que ama, con ese espacio propio que es a la vez la caverna de Platón, el dispensario de Urgencias y la tumba del Soldado Desconocido. Aunque sea en voz baja, casi en silencio, toda vez que la batalla ha terminado y se ha cerrado el recuento de las bajas, podemos repetir entre sonrisas aquello de ¡confieso que he vivido! A mi lado, un objeto me recuerda quién soy y cuál es sin duda mi historia; a diferencia de los objetos del tercer entorno, del entorno telemático (mucho más efímeros, más modificables, debido a esa inestabilidad estructural tan propia de telépolis), las cosas que me rodean guardan en sí mismas una carga de tiempo que las vuelve imprescindibles. El Diccionario Ideólogico de la Lengua, de Julio Casares, por ejemplo, me recuerda todo lo que pudo haber sido y no alcancé quizá por pereza, por incapacidad o por miedo. Y algo más allá, entre una nube de polvo, un viejo libro de poemas me hace saber que todo estaba previsto de antemano, predestinado, y que Irene, cuando lo puso en mis manos, hace más de veinticinco años, me estaba hablando ya en un lenguaje secreto.

Cuando al final de la jornada me asomo a la habitación de mis hijos, al parque silencioso de sus sueños, observo con cuidado la frescura invisible de su aliento. El libro de poemas que me regaló Irene es Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, y, más tarde, si regreso vencido al sillón de los vencidos, vuelvo a leer ese poema que a duras penas permanece entre nosotros:

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos

Manolo Vázquez Montalbán contaba que, José Agustín, en público, recitaba sus poemas de perfil, siempre de perfil, para ofrecer menos carnaza a la bestia. Yo, en cambio, prefiero arrojarme de frente hacia ella, pensando sólo en mis hijos; afortunadamente vivo acompañado, cautivo de los míos. Que la bestia quede satisfecha es lo único que pido. Que desaparezca ahora vencida por la noche.
23/10/2004 18:46 #. Hay 5 comentarios.

30/10/2004

La identidad irónica

Yinka.jpgYinka Shonibare, Gallantry and criminal conversation.

El 3 de febrero de 1794 –nos cuenta Nicholas Mirzoeff, profesor de arte y estudios comparativos en la Universidad Estatal de Nueva York- un grupo de delegados haitianos ganó la votación sobre la abolición de la esclavitud celebrada en la Convención, el nuevo parlamento de la Francia Revolucionaria. Uno de ellos era Jean-Baptiste Belley, liberto nacido en África Occidental. En 1797 –continúa Mirzoeff- Anne-Louis Girodet pintó un retrato de Belley que es una evocación elocuente de las tensiones del periodo expresadas en el cuerpo de una persona:

Belley, con el uniforme de miembro de la Convención, está de pie delante de un paisaje tropical. Su rostro aparece en tres cuartos, posición empleada tradicionalmente para retratar a nobles y monarcas y su cuerpo se apoya en un busto del abate Raynal, que había exhortado a la abolición de la esclavitud. La blancura del mármol del busto y su alta frente clásica contrastan con la piel oscura y la frente marcadamente oblicua de Belley. En esa época, el ángulo craneano, como se le llamaba, era considerado un signo de escasa inteligencia. ¿Cómo debe entenderse este retrato? El solo hecho de que un africano fuese pintado en un estilo real por un artista europeo constituye un cambio extraordinario, pero diversas señales colocadas en el cuerpo por el pintor tratan de destacar una nueva forma de superioridad: la raza.

El triunfo del movimiento abolicionista trajo consigo, como reacción o efecto contrario, una nueva necesidad de diferenciación de los cuerpos humanos. En opinión de Mirzoeff, si en el régimen de esclavitud no todas las personas gozaban de la misma condición jurídica, ahora, la ciencia y el arte, conjuntamente, iban a sentar las bases para los nuevos criterios de clasificación de los seres humanos.

En Francia, mientras tanto, el rococó daba paso al austero estilo neoclásico, y con el triunfo de la Revolución Francesa, en 1789, desaparecía por completo. Antes de su defunción, no obstante, mientras los barcos negreros partían de los puertos de Nantes o Marsella desembarcando y embarcando africanos, y la trata de seres humanos continuaba en el Atlántico, la aristocracia se reafirmaba en una moda cortesana que reflejaba ese mundo frívolo y refinado de la corte francesa. Los temas preferidos del llamado estilo galante (fiestas galantes y campestres, damas, rigodones, minués y aventuras amorosas y cortesanas) ilustraron ese espíritu mundano, íntimo y delicado, de una sociedad que ansiaba la libertad, el buen gusto y el placer, ajena a los problemas sociales y sólo concentrada en su descanso y deleite. El trabajo sucio, es de suponer, lo realizaban otras manos anónimas. La conversación, como sugiere Yinka Shonibare podía ser galante, pero no faltaba en ella cierto destello criminal.

Si bien el colonialismo posibilitó un tipo de relación especial desde el que colonizadores y colonizados elaboraron sus propias identidades, las interrelaciones entre sus dos culturas ("nuestra misión es gobernarlos –que dijo Arthur James Balfour-, tanto si nos lo agradecen como si no"), es el colonizado, en este caso, el que se asoma al legado histórico de la esclavitud y de la era post-colonial, y lo hace con la ironía y el sarcasmo como herramientas subversivas. El tejido de la imaginería africana, presente en todas sus obras, es el espejo donde se refleja la imposibilidad de las convenciones que forman las identidades culturales. Porque, en el viaje de ida y vuelta, y aunque a primera vista todas las telas nos parezcan africanas, la identidad colorista que representa a los nigerianos resulta en realidad una técnica elaborada en Asia por holandeses y británicos del siglo XVIII, impulsada desde los grandes núcleos industriales del norte de Inglaterra, y devuelta de nuevo a los grandes templos del arte contemporáneo por un artista anglo-nigeriano. Tanto en el grupo sideral que disfruta de sus vacaciones, como en las estancias recargadas de la aristocracia europea que Yinka representa a su antojo, o en las instalaciones agresivas donde los jóvenes ingleses se inician en los juegos sexuales en un viaje alejado de la moral victoriana, es el tejido, los materiales textiles importados del sudeste asiático, el punto de unión de una idea no por repetida menos sugerente: la identidad, parece decirnos Shonibare, resulta del todo imposible; o, al menos, si se la mira de cerca, resulta tan sólo divertida. Si en 1797 Anne-Louis Girodet pintaba el retrato de Jean-Baptiste Belley conforme al canon estético de la época, ahora Yinka Shonibare nos recuerda la figura del potentado británico del siglo XIX desde su propia visión irónica: el caballero, el Dandy Victoriano, es un negro, como Belley o el propio Yinka, es decir, un cruce de identidades y tradiciones representado desde una óptica perversa; con ello, acertamos a entender, el circulo se cierra. Si la identidad castiza de un madrileño (la identidad musical al menos) no es más que el cruce adoptivo entre una danza escocesa y una fruta de la China (o en su versión estética: de cierto mantón de Manila), nada se puede añadir a todo lo dicho hasta ahora. La mujer, bella y sensual, que seduce y participa en las aventuras prohibidas, pierde con Shonibare su cabeza aristocrática y su zapato de frivolidad infinita. Jean-Honoré Fragonard apenas si protesta, porque no es el momento; pero, además, la cosa no deja de tener su gracia. La identidad, en manos de políticos compulsivos y de artistas terroríficos, no es más que un arma letal que, tarde o temprano, se torna arrojadiza. En Yinka Shonibare, sin embargo, en el ir y venir de los caminos encontrados, en el cruce extraordinario entre la risa y el sarcasmo, es el pretexto feliz para una aventura mestiza.
30/10/2004 10:30 #. Hay 8 comentarios.


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